lunes, 22 de abril de 2013

La red de respaldo




Una nota reciente que titulé "Matar la pasión a clicks" me mereció una comparación con Vargas Llosa. No exactamente por la calidad de la prosa, si no por los tintes conservadores de la postura que defendía. Como es la primera vez que mi discurso resulta ser menos progre que mis actos en vez de lo opuesto, esta contradicción me dio a pensar: es cierto que es raro que haya elegido criticar la superficialidad de la comunicación virtual, justo yo, un usuario pesado de internet, conectado a la Red activamente entre 3 y 12 horas diarias desde hace una década. He regado ríos de bits en chat mirc, icq, msn, fotolog, facebook y google+, y todas mis relaciones están atravesadas por ese medio de algún modo más o menos determinante. ¿Porqué, entonces, acusaría de "diluir las pasiones" a un recurso del que me sirvo tanto? ¿Y por qué elogiaron mi nota algunos contactos virtuales, tanto o más inmersos que yo en este medio? ¿Será la virtualidad un chivo expiatorio para justificar la falta de pasiones de nivel épico? Es posible que no tenga conciencia cabal del uso que le doy a la Red. Veremos.
Son las 7 de la tarde, y no puedo creer que se me forme un nudo en la garganta cuando desenchufo el modem.

Apenas desconectado, me dispongo a ver unos monólogos del comediante Louis CK que tenía y no había visto. En realidad, tengo suficiente contenido nuevo bajado como para capear el peor invierno informático, pero a fines del experimento de aislamiento, me sonaba a hacer trampa. Cierro el reproductor de video. El éxito de Louis CK es interesante. Podría escribir sobre los comediantes iracundos y la catarsis. “Louis CK y Tim Minchin: nuevos profetas antiheróicos”. O no.
Pensar en un jueguito ya es encenderlo, pero me sofreno en medio del doble click: no, no. Malo. Cuando me mudé estuve un mes sin internet, gané el Oblivion y el Fallout 3 a costa de de un tiempo de juego total que superaba las 100 horas. En ese tiempo podría haber aprendido italiano. Esta vez no, los voy a evitar, los juegos que me gustan son muy largos. Los de acción, en cambio, me parecen efectistas y sin desafío. Pero son los juegos que más venden. ¿Será que hay gente con más delirios de grandeza y menos capacidad de atención que yo? Podría escribir algo sobre eso. “Los dragones ya no son lo que eran: el declive de la gesta”
Música, maestro. Cargo dos discografías, dejo que la magia del botón Shuffle me dé la dosis doméstica de aleatoriedad que necesito. ¿Y si me abstuviera de escuchar música también? Respingo de asombro: incluso no teniendo computadora ni electricidad, siempre me las arreglé para escuchar música. Despojándome de esto último, me siento un asceta, San Francisco, Buda bajo la higuera de Uruvela. “El cilicio de silicio: martirio 2.0”. Podría andar.

Durante la semana que pasó terminé de leer algunos libros que rondaban, probé varias recetas nuevas, profundicé mi relación con una gata que adopté, arreglé luces, armé muebles, experimenté con modafinilo, volví a tocar la flauta. Viendo esto, saco una conclusión: tengo más tiempo del que creía.
Como siempre, no escribí ningún artículo con los temas que aparecieron. Les imagino un título y me los olvido. Tampoco continué con la serie de microrrelatos eróticos que tengo que terminar esta semana, y los guiones para la radio los escribí, como siempre, a última hora. De aprender italiano, niente. Como siempre. Viendo esto, saco otra conclusión: en cuanto la pasión creadora, no puedo endilgarle la culpa de mi improductividad a nada más que a mi naturaleza postergadora.

Extrañé youtube como se extraña a un amigo. Extrañé google como se extraña a un padre. Extrañé la música como se extraña a una amante. Extrañé la comodidad de las redes sociales, y entendí qué función estaban cumpliendo.

En una clase de circo, para aprender equilibrismo sobre cuerda floja, se tiende la cuerda entre dos tarimas, a un metro de altura. Abajo de la cuerda hay una red de seguridad que recibe las caídas en los primeros intentos, hasta que se pierde el miedo a caerse y se cruza la cuerda, una y otra vez, con confianza. Si uno, sintiendo que tiene el ejercicio totalmente dominado, quisiera quitar la red, se sorprendería de lo difícil que vuelve a resultar, y es porque buena parte de esa confianza, que es clave para la prueba, se funda en saber que hay una red abajo, aunque ya parezca innecesaria.
Una función parecida estaban cumpliendo, para mí, facebook y twitter. Navego por internet, miro, leo, escucho, y cuando mi atención decae, me repliego a ver qué novedades hay entre mis contactos, me entretengo, encuentro algún nuevo estímulo para volver a empezar. Pierdo pie, y la red me recibe. Incluso cuando no la estoy revisando activamente, la solapa en mi navegador refuerza mi confianza: cuando se agote mi impulso, la red social proveerá.

Después de una semana sin Facebook, tengo 126 notificaciones: 4 desconocidos nuevos para formar fila entre mis amigos, 10 mensajes, 5 eventos que me competen y 107 spams. En una hora respondo los mensajes, pido algunas disculpas por la repentina desaparición, reviso los perfiles que me interesan, me hago el gracioso y me desconecto.
Abro Twitter. Me abrumo. Me voy.
Con los perfiles cerrados, sin red, no puedo navegar páginas erráticamente por más de una hora. O encuentro algo interesante, o me aburro. O llego al otro lado, o caigo a tierra.

¿Y la pasión? Bien, gracias. Es pronto para conclusiones, pero tuve mucho tiempo reflexivo y resolví que tengo que empezar por ajustar mis expectativas: es posible que Ulises, Dante, Don Quijote, Gokú y Jesucristo me hayan dejado la barra de la determinación espiritual un poco alta. Podría escribir denunciando cómo la ficción pervierte las mentes jóvenes y jugármela a ser tan retrógado que parezca innovador. “Mucho librito, nene: conformismo aplicado y moral cartesiana para moderar a la generación Z”. O no.

El optimismo apareció con otra observación: mas allá de la incomodidad del cambio, aislarme de facebook y twitter no me pesó emocionalmente de ninguna manera. Llevé el equilibrismo de atención y energía a otras cosas, y también me amigué rápidamente con el estar tranquilo en el suelo de aburrimiento fértil.
Claro, esto último no debería sorprenderme.
No por nada dejé circo a la tercer clase.

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