Lamento la muerte de
Jorge Rafael Videla. Su Dios lo llamó a Su lado demasiado pronto, en
perjuicio de la Argentina y de todos sus habitantes.
Nací en 1988 en la
capital, me criaron profesores de filosofía de la UBA, y me sigo
criando entre personas de las artes y las letras. La dictadura me la
contaron los que la sufrieron y la combatieron: los sospechosos, los
perseguidos, los exiliados, los muertos. Sumé y mezclé sus relatos
para montar una imagen de esa época misteriosa. En mi acotada
imaginación, cada pesadilla personal parecía haber sucedido en un
país de 100 habitantes oprimidos por 100 militares. Y
Videla, el cretino, los ojos de piedra y la mirada de espada, el diablo.
Cuando
leí Disposición
Final,
el libro donde Ceferino Reato lo entrevista en la cárcel, leí a un
hombre en paz consigo mismo. Un hombre recto, honesto y decidido, que da por sobreentendido que el asesinato es justificable, el terror es
útil y el estado represor es a veces necesario. Austero, estoico, práctico y cabal, una pasta de prócer sin parangón. No encuentro una sola figura política actual que sostenga la convicción de esos ojos minerales:
la devoción por un Dios antiguo, muscular, ese que se llena las manos
de barro para hacer de la ley una tabla, el Dios que ordena a su
mejor ángel que se encargue del Infierno, y cuya ley se acata, so pena de castigo eterno.
Compré un diario al día
siguiente de que la policía metropolitana asaltara a los
manifestantes en el Borda. Yo tenía al diablo presente, no hacía
mucho que su llamado al levantamiento armado había sido replicado en
varios medios. Lo imaginé leyendo la misma nota, viendo las fotos de
la represión, y lo imaginé suspirando por la desproijidad barbárica
de la operación.
Videla vivía en el país
conmigo, leyendo lo mismo que yo.
Un intendente santafesino
dice acerca de los delincuentes “Matémoslos a todos y listo",
mientras entrega los nuevos patrulleros a la fuerza policial; el
mismo intendente, el año pasado, pidió a la policía que “caguen
a palos” a los ladrones, y fue reelegido. “Baby” Etchecopar
héroe de la propiedad privada, torturas policiales a menores,
estampitas de Ricardo Barreda, qom apaleados, militantes desaparecidos, militantes
muertos en Rosario, en Santa Cruz, en la Capital. Montenegro no
renuncia. Redes de trata encubiertas por jueces y comisarios. Vanguardias nacionalistas con
los mismos apellidos que la Liga Patriótica de 1919. Últimas
noticias: Videla llama al levantamiento armado contra el gobierno. Él
lee, suspira y se encomienda a su Dios, que lo guió, lo aprobó en
sus actos, perdonó sus errores y ahora, finalmente, lo relevó.
Yo no quería que
muriera. Quería que siguiera vivo cuanto tiempo fuera necesario para que sus
palabras no salieran en los diarios, ni por su boca ni por la de
otros, y que viera apagarse el eco de su Dios estentóreo. Quería
que desaparezcan sus ideas antes que él, que los apellidos rancios
que lo exaltan lo olvidaran, ocupados en batallar al tiempo.
Quería que los hijos de
la democracia pudiéramos seguir viendo su sombra entre rejas.
Todavía estábamos aprendiendo a distinguir las diferencias entre patria y
control, entre fuerza y violencia, entre firmeza y parálisis, entre
dictadura y democracia. Íbamos a aprender, y yo quería que él
viviera y atestigüe el nacimiento de ideales tan fuertes, rectos y
honestos como los suyos: ideales de construcción e igualdad que
aplasten a su Dios abominable.
Yo quería que su cuerpo
resista hasta que su corazón no tuviera dónde ni en quién verse
reflejado, y cuando estuviera a un segundo de temerle a la muerte
definitiva, desapareciera insignificante.
Me
hubiera gustado tener al diablo en la Tierra mucho más tiempo,
porque no terminamos de aprender de él.
Su
Dios persiste.
Mi
más sentido pésame.