Una
nota reciente que titulé "Matar la pasión a clicks" me
mereció una comparación con Vargas Llosa. No exactamente por la
calidad de la prosa, si no por los tintes conservadores de la postura
que defendía. Como es la primera vez que mi discurso resulta ser
menos progre que mis actos en vez de lo opuesto, esta contradicción
me dio a pensar: es cierto que es raro que haya elegido criticar la
superficialidad de la comunicación virtual, justo yo, un usuario
pesado de internet, conectado a la Red activamente entre 3 y 12 horas
diarias desde hace una década. He regado ríos de bits en chat mirc,
icq, msn, fotolog, facebook y google+, y todas mis relaciones están
atravesadas por ese medio de algún modo más o menos determinante.
¿Porqué, entonces, acusaría de "diluir las pasiones" a
un recurso del que me sirvo tanto? ¿Y por qué elogiaron mi nota
algunos contactos virtuales, tanto o más inmersos que yo en este
medio? ¿Será la virtualidad un chivo expiatorio para justificar la
falta de pasiones de nivel épico? Es posible que no tenga conciencia
cabal del uso que le doy a la Red. Veremos.
Son
las 7 de la tarde, y no puedo creer que se me forme un nudo en la
garganta cuando desenchufo el modem.
Apenas
desconectado, me dispongo a ver unos monólogos del comediante Louis
CK que tenía y no había visto. En realidad, tengo suficiente
contenido nuevo bajado como para capear el peor invierno informático,
pero a fines del experimento de aislamiento, me sonaba a hacer
trampa. Cierro el reproductor de video. El éxito de Louis CK es
interesante. Podría escribir sobre los comediantes iracundos y la
catarsis. “Louis CK y Tim Minchin: nuevos profetas antiheróicos”.
O no.
Pensar
en un jueguito ya es encenderlo, pero me sofreno en medio del doble
click: no, no. Malo. Cuando me mudé estuve un mes sin internet, gané
el Oblivion y el Fallout 3 a costa de de un tiempo de juego total que
superaba las 100 horas. En ese tiempo podría haber aprendido
italiano. Esta vez no, los voy a evitar, los juegos que me gustan son
muy largos. Los de acción, en cambio, me parecen efectistas y sin
desafío. Pero son los juegos que más venden. ¿Será que hay gente
con más delirios de grandeza y menos capacidad de atención que yo?
Podría escribir algo sobre eso. “Los dragones ya no son lo que
eran: el declive de la gesta”
Música,
maestro. Cargo dos discografías, dejo que la magia del botón
Shuffle me dé la dosis doméstica de aleatoriedad que necesito. ¿Y
si me abstuviera de escuchar música también? Respingo de asombro:
incluso no teniendo computadora ni electricidad, siempre me las
arreglé para escuchar música. Despojándome de esto último, me
siento un asceta, San Francisco, Buda bajo la higuera de Uruvela. “El
cilicio de silicio: martirio 2.0”. Podría andar.
Durante
la semana que pasó terminé de leer algunos libros que rondaban,
probé varias recetas nuevas, profundicé mi relación con una gata
que adopté, arreglé luces, armé muebles, experimenté con
modafinilo, volví a tocar la flauta. Viendo esto, saco una
conclusión: tengo más tiempo del que creía.
Como
siempre, no escribí ningún artículo con los temas que aparecieron.
Les imagino un título y me los olvido. Tampoco continué con la
serie de microrrelatos eróticos que tengo que terminar esta semana,
y los guiones para la radio los escribí, como siempre, a última
hora. De aprender italiano, niente. Como siempre. Viendo esto, saco
otra conclusión: en cuanto la pasión creadora, no puedo endilgarle
la culpa de mi improductividad a nada más que a mi naturaleza
postergadora.
Extrañé
youtube como se extraña a un amigo. Extrañé google como se extraña
a un padre. Extrañé la música como se extraña a una amante.
Extrañé la comodidad de las redes sociales, y entendí qué función
estaban cumpliendo.
En
una clase de circo, para aprender equilibrismo sobre cuerda floja, se
tiende la cuerda entre dos tarimas, a un metro de altura. Abajo de la
cuerda hay una red de seguridad que recibe las caídas en los
primeros intentos, hasta que se pierde el miedo a caerse y se cruza
la cuerda, una y otra vez, con confianza. Si uno, sintiendo que tiene
el ejercicio totalmente dominado, quisiera quitar la red, se
sorprendería de lo difícil que vuelve a resultar, y es porque buena
parte de esa confianza, que es clave para la prueba, se funda en
saber que hay una red abajo, aunque ya parezca innecesaria.
Una
función parecida estaban cumpliendo, para mí, facebook y twitter.
Navego por internet, miro, leo, escucho, y cuando mi atención decae,
me repliego a ver qué novedades hay entre mis contactos, me
entretengo, encuentro algún nuevo estímulo para volver a empezar.
Pierdo pie, y la red me recibe. Incluso cuando no la estoy revisando
activamente, la solapa en mi navegador refuerza mi confianza: cuando
se agote mi impulso, la red social proveerá.
Después
de una semana sin Facebook, tengo 126 notificaciones: 4 desconocidos
nuevos para formar fila entre mis amigos, 10 mensajes, 5 eventos que
me competen y 107 spams. En una hora respondo los mensajes, pido
algunas disculpas por la repentina desaparición, reviso los perfiles
que me interesan, me hago el gracioso y me desconecto.
Abro
Twitter. Me abrumo. Me voy.
Con
los perfiles cerrados, sin red, no puedo navegar páginas
erráticamente por más de una hora. O encuentro algo interesante, o
me aburro. O llego al otro lado, o caigo a tierra.
¿Y
la pasión? Bien, gracias. Es pronto para conclusiones, pero tuve
mucho tiempo reflexivo y resolví que tengo que empezar por ajustar
mis expectativas: es posible que Ulises, Dante, Don Quijote, Gokú y
Jesucristo me hayan dejado la barra de la determinación espiritual
un poco alta. Podría escribir denunciando cómo la ficción
pervierte las mentes jóvenes y jugármela a ser tan retrógado que
parezca innovador. “Mucho librito, nene: conformismo aplicado y
moral cartesiana para moderar a la generación Z”. O no.
El
optimismo apareció con otra observación: mas allá de la
incomodidad del cambio, aislarme de facebook y twitter no me pesó
emocionalmente de ninguna manera. Llevé el equilibrismo de atención
y energía a otras cosas, y también me amigué rápidamente con el
estar tranquilo en el suelo de aburrimiento fértil.
Claro,
esto último no debería sorprenderme.
No
por nada dejé circo a la tercer clase.