Un
cartelito de Utorrent me avisa que terminó la descarga de la
película que me interesó hace veinte minutos. Agradezco la cortesía
de los programadores modernos, porque ya me había olvidado de que la
había puesto a bajar: no sé cuantas veces me distraje rebotando por
las cuarenta pestañas insomnes del Chrome, pero el discreto
cartelito verde me encontró estudiando las corrientes heliosféricas
difusas en Wikipedia con una atención tan devota como efímera. Un
click suprime la pestaña de Grooveshark en la que estaba oyendo una
banda nueva sin escucharla. Dos clicks más tarde, los diagramas
solares son eclipsados por la ventana del reproductor VLC y empieza
“Tromeo and Juliet”, una joya clase zeta noventosa narrada por el
cantante de la banda Motörhead. Lemmy Kilmister podrá ser un toro
sagrado del rock pesado y un referente de virilidad rústica muy
admirable pero no se entiende mucho cuando habla, me tomo un minuto
para googlear y bajar subtítulos, y me doy cuenta de que es el
primer minuto de silencio que se produjo en todo el día. Son las 7
de la tarde, y el futuro llegó hace rato.
La
Red es un milagro aterrador. Su crecimiento exponencial es tan
incalculable que, incapaces de maravillarnos lo suficiente, lo
naturalizamos. Con la certeza de que es nuestro derecho natural tener
acceso doméstico a una cantidad de datos equivalente a un billón de
bibliotecas de Alejandría, nos exasperamos cuando “anda lento” y
nos indignamos hasta poder desquitarnos arruinando el espíritu del
representante telefónico de nuestro humilde servidor de Internet.
Nos convencemos diariamente de que merecemos el inmenso poder de su
alcance por virtud de haber nacido en este periodo de la historia,
suponiendo que esta ventaja sin precedentes fue pagada por las
incomodidades de las generaciones pasadas, o sospechando livianamente
que estamos acumulando una deuda de facilidad que las generaciones
futuras tendrán que pagar con catástrofes ecológicas o sociales.
Lo primero es ridículo. Lo segundo es probable, pero el sacrificio
de nuestros biznietos no alcanza a cubrir el precio personal de
tamañas ventajas personales. Hay una parte de nuestro cerebro
amortiguando la importancia de una realidad inevitable: la inmediatez
tiene consecuencias duras, y son inmediatas.
Los
subtítulos en inglés están mal sincronizados. Voy a seguir
buscando.
Hay
dos motivos para conectarse a la Red: la información y la
comunicación.
Por
un lado tenemos a nuestra merced el acopio más monumental de
conocimiento y arte humano, en expansión constante. El contenido que
se suma es cada vez más fiel, elaborado y accesible, y con un poco
de experiencia o algún conveniente amigo nerd, no es difícil saltar
las pocas barreras que se ponen sobre este acceso. Frecuentamos las
fuentes que nos tranquilizan: los mismos videos, la misma música,
los mismos canales de noticias. Para cuando estas fuentes se agotan o
deseamos algo nuevo, encontramos que el mismo sistema nos deja
siempre a pocos clicks de distancia algo apropiado a nuestra
tendencia, algo lo suficientemente distinto como para satisfacer
nuestra pulsión epistemofílica, pero no tan distinto como para
asustarnos. Haciendo la plancha en un océano inabarcable de
información, vivimos con la atención acostumbrada al zapping de
ventanas de explorador abarrotadas de productos culturales pensados
para resistir al espectador segundo-a-segundo. Hay suficiente
estímulo intelectual online como para saturar el tedio por mil
vidas. Esto podría atrofiarnos la vital capacidad de aburrimiento,
pero afortunadamente este acceso aparentemente ilimitado está
acotado a nuestra voluntad de exploración, que tiende a ser
conservadora, y todavía sabemos morirnos de embole con todo el mundo
virtual a nuestra disposición. Y si en ese aburrimiento aparece una
posibilidad de creación, encontraremos muchas herramientas de
elaboración y difusión de nuestro contenido personal, y un público
instantáneo para estimular las ganas de seguir aportando y goteando
sobre el océano. No, no es de este aspecto de la Red que se
desprende la mayor consecuencia de la inmediatez. Desde el punto de
vista intelectual, parece que las ventajas de la accesibilidad
superan las desventajas.
Existen
muchas herramientas de comunicación entre individuos via Internet, y
son muy eficaces: la información llega de un interlocutor a otro en
forma escrita, auditiva y/o visual, y el receptor interpreta y
responde, montando así un intercambio verbal prolijo, exento de los
exabruptos emotivos propios de las conversaciones. Debería estar
claro que agregarse, leerse y chatear es fundamentalmente distinto a
conocerse. Quizás los “Términos y Licencias” de nuestras redes
sociales lo advierten en algún punto, pero eso nadie lo sabrá
nunca. El hecho de que Internet sea un medio desmesuradamente
efectivo para aprender y compartir información nos hace confiar
ciegamente en su efectividad para conectarnos personalmente. Con esta
fe poco meditada construimos puentes virtuales entre personas que,
cómplices, evitan pensar en la superficialidad del contacto y juegan
juntos a creerlo real, como actores sobre un telón pintado. La
masividad del medio refuerza las ventajas de la complicidad, y la
confianza con la que llamamos a estas nuevas relaciones, que
merecerían una categoría nueva, con los nombres de los vínculos
más humanos. ¿Cuántos amigos tenés en tu red social de
preferencia? Seguramente más de los que llamarías “amigos”.
Seguramente los que llamarías así también son tus contactos en esa
red social. Y si esas dos cosas son ciertas, sin duda la relación
virtual, con su ilusión de cercanía, disminuyó la frecuencia con
la que se encuentran en persona a ser amigos en 3d y seguir
conociéndose. Pero las viejas amistades ya cultivadas resisten los
períodos de superficialidad como robles fuertes. Esto no es aún lo
que más me preocupa.
Los
supuestos subtítulos en español son líneas de caracteres extraños.
Creí que iba a entender los que están en italiano, pero no. Pienso
en dejar esos y traducir cada línea a medida que sale. Demasiado
esfuerzo para descifrar a Lemmy. Sigo buscando.
Lo
que realmente me asusta es que la inmediatez esté diluyendo la
pasión. Llamo pasión a la fuerza personal que rompe la inercia
individual, violentando desde la quietud pasiva hasta la comodidad de
lo preferible. Si esta búsqueda esencial se puede saciar a clicks,
se disuelve antes de llegar a modificar la cotidianeidad, antes de
que la ansiedad acumulada inspire un acto de locura hermosa. Y sin
pasión, sólo quedan formas más o menos rentables de conformismo.
Estar cómodo es una naturaleza mineral, reptiliana. Todo lo bello de
ser humano es producto de las pasiones, y para que aparezcan hace
falta una buena dosis de incertidumbre. Tiene que haber misterio,
pausas, una oscuridad insondable para llenarla de potencialidad y
arremeter.
El
vínculo de dos personas con acceso a Internet carece de peligrosidad
épica. El amor de Romeo y Julieta no se habría inmortalizado con la
muerte si ella hubiera podido mandar un mail advirtiendo que el
veneno que iba a tomar no era mortal. La odisea de Ulises habría
sido más parecida a un crucero si la urgencia por llegar a Itaca se
hubiera atenuado por charlas frecuentes con Penélope via Skype.
Marcel Proust se habría ahorrado siete librotes de En busca del
tiempo perdido, si hubiera tenido una biografía de Facebook bien
documentada. Si Don Quijote hubiera podido darle un toque a
Dulcinea del Toboso y ver su perfil, seguramente no habría sacado la
lanza del astillero, con todo lo que eso implica. Los legendarios
amores a primera vista, formados por la amalgama de un otro
prometedor y una voluntad propia de sentirse encantado, son diezmados
en cantidad y profundidad si tenemos acceso instantáneo a una
descripción completa de los gustos, virtudes y defectos de ese otro.
No hay tiempo para ilusionarse. Después de semejante shock
informativo, sólo queda un interés casi periodístico por comprobar
la veracidad de los datos que nos parecieron interesantes. No salimos
a explorar fogosamente, si no a corroborar.
Este
es nuestro sacrificio en el altar de la inmediatez. La pasión en
tiempos de Internet, se cansa o se muere a alta velocidad.
Los
subtítulos no aparecieron lo suficientemente rápido, la búsqueda
se perdió en las arenas movedizas del explorador sobrecargado, y me
distrajo Facebook, que me sugiere que le escriba a Juli en su
cumpleaños. Agradezco la cortesía de los programadores, es una
buena excusa para reflotar un contacto ahogado. Pero sigue habiendo
silencio, y se me ocurre que mejor no.
Mejor
imaginar un experimento. Imaginemos que apagamos computadoras y
celulares un par de horas por día. Apagar, no alejarse y ver de
reojo, no poner en modo Silencio y esperar la vibración como un
roedor nervioso. Quizás a la mañana, contener las ganas de
enchufarse a todo, por un rato. O llegar de trabajar y aplacarse en
silencio, u olvidarse el teléfono en casa para slair con amigos o
parejas. O desconectarse siempre en el mismo horario, como un pequeño
shabbat diario.
Pero
tenemos que empezar todos a la vez: si no logramos convertir el
descanso offline en una institución de facto, el sistema de
expectativas que nos rodea va a hacer que todos los descarriados
individuales vuelvan a la matriz con la cola entre las patas.
Podemos
ser los pioneros de una existencia un poco más equilibrada entre
información y pasión. Sólo hace falta un saltito de fe para dar el
primer paso, cambiar algo, hacer un click.
Vamos
todos: uno, dos, uno, dos, tres.
Click.