domingo, 19 de mayo de 2013

Un Dios



Lamento la muerte de Jorge Rafael Videla. Su Dios lo llamó a Su lado demasiado pronto, en perjuicio de la Argentina y de todos sus habitantes.

Nací en 1988 en la capital, me criaron profesores de filosofía de la UBA, y me sigo criando entre personas de las artes y las letras. La dictadura me la contaron los que la sufrieron y la combatieron: los sospechosos, los perseguidos, los exiliados, los muertos. Sumé y mezclé sus relatos para montar una imagen de esa época misteriosa. En mi acotada imaginación, cada pesadilla personal parecía haber sucedido en un país de 100 habitantes oprimidos por 100 militares. Y Videla, el cretino, los ojos de piedra y la mirada de espada, el diablo.

Cuando leí Disposición Final, el libro donde Ceferino Reato lo entrevista en la cárcel, leí a un hombre en paz consigo mismo. Un hombre recto, honesto y decidido, que da por sobreentendido que el asesinato es justificable, el terror es útil y el estado represor es a veces necesario. Austero, estoico, práctico y cabal, una pasta de prócer sin parangón. No encuentro una sola figura política actual que sostenga la convicción de esos ojos minerales: la devoción por un Dios antiguo, muscular, ese que se llena las manos de barro para hacer de la ley una tabla, el Dios que ordena a su mejor ángel que se encargue del Infierno, y cuya ley se acata, so pena de castigo eterno.

Compré un diario al día siguiente de que la policía metropolitana asaltara a los manifestantes en el Borda. Yo tenía al diablo presente, no hacía mucho que su llamado al levantamiento armado había sido replicado en varios medios. Lo imaginé leyendo la misma nota, viendo las fotos de la represión, y lo imaginé suspirando por la desproijidad barbárica de la operación.

Videla vivía en el país conmigo, leyendo lo mismo que yo.

Un intendente santafesino dice acerca de los delincuentes “Matémoslos a todos y listo", mientras entrega los nuevos patrulleros a la fuerza policial; el mismo intendente, el año pasado, pidió a la policía que “caguen a palos” a los ladrones, y fue reelegido. “Baby” Etchecopar héroe de la propiedad privada, torturas policiales a menores, estampitas de Ricardo Barreda, qom apaleados, militantes desaparecidos, militantes muertos en Rosario, en Santa Cruz, en la Capital. Montenegro no renuncia. Redes de trata encubiertas por jueces y comisarios. Vanguardias nacionalistas con los mismos apellidos que la Liga Patriótica de 1919. Últimas noticias: Videla llama al levantamiento armado contra el gobierno. Él lee, suspira y se encomienda a su Dios, que lo guió, lo aprobó en sus actos, perdonó sus errores y ahora, finalmente, lo relevó.

Yo no quería que muriera. Quería que siguiera vivo cuanto  tiempo fuera necesario para que sus palabras no salieran en los diarios, ni por su boca ni por la de otros, y que viera apagarse el eco de su Dios estentóreo. Quería que desaparezcan sus ideas antes que él, que los apellidos rancios que lo exaltan lo olvidaran, ocupados en batallar al tiempo.

Quería que los hijos de la democracia pudiéramos seguir viendo su sombra entre rejas. Todavía estábamos aprendiendo a distinguir las diferencias entre patria y control, entre fuerza y violencia, entre firmeza y parálisis, entre dictadura y democracia. Íbamos a aprender, y yo quería que él viviera y atestigüe el nacimiento de ideales tan fuertes, rectos y honestos como los suyos: ideales de construcción e igualdad que aplasten a su Dios abominable.
Yo quería que su cuerpo resista hasta que su corazón no tuviera dónde ni en quién verse reflejado, y cuando estuviera a un segundo de temerle a la muerte definitiva, desapareciera insignificante.

Me hubiera gustado tener al diablo en la Tierra mucho más tiempo, porque no terminamos de aprender de él.

Su Dios persiste.

Mi más sentido pésame.

lunes, 22 de abril de 2013

La red de respaldo




Una nota reciente que titulé "Matar la pasión a clicks" me mereció una comparación con Vargas Llosa. No exactamente por la calidad de la prosa, si no por los tintes conservadores de la postura que defendía. Como es la primera vez que mi discurso resulta ser menos progre que mis actos en vez de lo opuesto, esta contradicción me dio a pensar: es cierto que es raro que haya elegido criticar la superficialidad de la comunicación virtual, justo yo, un usuario pesado de internet, conectado a la Red activamente entre 3 y 12 horas diarias desde hace una década. He regado ríos de bits en chat mirc, icq, msn, fotolog, facebook y google+, y todas mis relaciones están atravesadas por ese medio de algún modo más o menos determinante. ¿Porqué, entonces, acusaría de "diluir las pasiones" a un recurso del que me sirvo tanto? ¿Y por qué elogiaron mi nota algunos contactos virtuales, tanto o más inmersos que yo en este medio? ¿Será la virtualidad un chivo expiatorio para justificar la falta de pasiones de nivel épico? Es posible que no tenga conciencia cabal del uso que le doy a la Red. Veremos.
Son las 7 de la tarde, y no puedo creer que se me forme un nudo en la garganta cuando desenchufo el modem.

Apenas desconectado, me dispongo a ver unos monólogos del comediante Louis CK que tenía y no había visto. En realidad, tengo suficiente contenido nuevo bajado como para capear el peor invierno informático, pero a fines del experimento de aislamiento, me sonaba a hacer trampa. Cierro el reproductor de video. El éxito de Louis CK es interesante. Podría escribir sobre los comediantes iracundos y la catarsis. “Louis CK y Tim Minchin: nuevos profetas antiheróicos”. O no.
Pensar en un jueguito ya es encenderlo, pero me sofreno en medio del doble click: no, no. Malo. Cuando me mudé estuve un mes sin internet, gané el Oblivion y el Fallout 3 a costa de de un tiempo de juego total que superaba las 100 horas. En ese tiempo podría haber aprendido italiano. Esta vez no, los voy a evitar, los juegos que me gustan son muy largos. Los de acción, en cambio, me parecen efectistas y sin desafío. Pero son los juegos que más venden. ¿Será que hay gente con más delirios de grandeza y menos capacidad de atención que yo? Podría escribir algo sobre eso. “Los dragones ya no son lo que eran: el declive de la gesta”
Música, maestro. Cargo dos discografías, dejo que la magia del botón Shuffle me dé la dosis doméstica de aleatoriedad que necesito. ¿Y si me abstuviera de escuchar música también? Respingo de asombro: incluso no teniendo computadora ni electricidad, siempre me las arreglé para escuchar música. Despojándome de esto último, me siento un asceta, San Francisco, Buda bajo la higuera de Uruvela. “El cilicio de silicio: martirio 2.0”. Podría andar.

Durante la semana que pasó terminé de leer algunos libros que rondaban, probé varias recetas nuevas, profundicé mi relación con una gata que adopté, arreglé luces, armé muebles, experimenté con modafinilo, volví a tocar la flauta. Viendo esto, saco una conclusión: tengo más tiempo del que creía.
Como siempre, no escribí ningún artículo con los temas que aparecieron. Les imagino un título y me los olvido. Tampoco continué con la serie de microrrelatos eróticos que tengo que terminar esta semana, y los guiones para la radio los escribí, como siempre, a última hora. De aprender italiano, niente. Como siempre. Viendo esto, saco otra conclusión: en cuanto la pasión creadora, no puedo endilgarle la culpa de mi improductividad a nada más que a mi naturaleza postergadora.

Extrañé youtube como se extraña a un amigo. Extrañé google como se extraña a un padre. Extrañé la música como se extraña a una amante. Extrañé la comodidad de las redes sociales, y entendí qué función estaban cumpliendo.

En una clase de circo, para aprender equilibrismo sobre cuerda floja, se tiende la cuerda entre dos tarimas, a un metro de altura. Abajo de la cuerda hay una red de seguridad que recibe las caídas en los primeros intentos, hasta que se pierde el miedo a caerse y se cruza la cuerda, una y otra vez, con confianza. Si uno, sintiendo que tiene el ejercicio totalmente dominado, quisiera quitar la red, se sorprendería de lo difícil que vuelve a resultar, y es porque buena parte de esa confianza, que es clave para la prueba, se funda en saber que hay una red abajo, aunque ya parezca innecesaria.
Una función parecida estaban cumpliendo, para mí, facebook y twitter. Navego por internet, miro, leo, escucho, y cuando mi atención decae, me repliego a ver qué novedades hay entre mis contactos, me entretengo, encuentro algún nuevo estímulo para volver a empezar. Pierdo pie, y la red me recibe. Incluso cuando no la estoy revisando activamente, la solapa en mi navegador refuerza mi confianza: cuando se agote mi impulso, la red social proveerá.

Después de una semana sin Facebook, tengo 126 notificaciones: 4 desconocidos nuevos para formar fila entre mis amigos, 10 mensajes, 5 eventos que me competen y 107 spams. En una hora respondo los mensajes, pido algunas disculpas por la repentina desaparición, reviso los perfiles que me interesan, me hago el gracioso y me desconecto.
Abro Twitter. Me abrumo. Me voy.
Con los perfiles cerrados, sin red, no puedo navegar páginas erráticamente por más de una hora. O encuentro algo interesante, o me aburro. O llego al otro lado, o caigo a tierra.

¿Y la pasión? Bien, gracias. Es pronto para conclusiones, pero tuve mucho tiempo reflexivo y resolví que tengo que empezar por ajustar mis expectativas: es posible que Ulises, Dante, Don Quijote, Gokú y Jesucristo me hayan dejado la barra de la determinación espiritual un poco alta. Podría escribir denunciando cómo la ficción pervierte las mentes jóvenes y jugármela a ser tan retrógado que parezca innovador. “Mucho librito, nene: conformismo aplicado y moral cartesiana para moderar a la generación Z”. O no.

El optimismo apareció con otra observación: mas allá de la incomodidad del cambio, aislarme de facebook y twitter no me pesó emocionalmente de ninguna manera. Llevé el equilibrismo de atención y energía a otras cosas, y también me amigué rápidamente con el estar tranquilo en el suelo de aburrimiento fértil.
Claro, esto último no debería sorprenderme.
No por nada dejé circo a la tercer clase.

viernes, 12 de abril de 2013

Matar la pasión a clicks


Un cartelito de Utorrent me avisa que terminó la descarga de la película que me interesó hace veinte minutos. Agradezco la cortesía de los programadores modernos, porque ya me había olvidado de que la había puesto a bajar: no sé cuantas veces me distraje rebotando por las cuarenta pestañas insomnes del Chrome, pero el discreto cartelito verde me encontró estudiando las corrientes heliosféricas difusas en Wikipedia con una atención tan devota como efímera. Un click suprime la pestaña de Grooveshark en la que estaba oyendo una banda nueva sin escucharla. Dos clicks más tarde, los diagramas solares son eclipsados por la ventana del reproductor VLC y empieza “Tromeo and Juliet”, una joya clase zeta noventosa narrada por el cantante de la banda Motörhead. Lemmy Kilmister podrá ser un toro sagrado del rock pesado y un referente de virilidad rústica muy admirable pero no se entiende mucho cuando habla, me tomo un minuto para googlear y bajar subtítulos, y me doy cuenta de que es el primer minuto de silencio que se produjo en todo el día. Son las 7 de la tarde, y el futuro llegó hace rato.
La Red es un milagro aterrador. Su crecimiento exponencial es tan incalculable que, incapaces de maravillarnos lo suficiente, lo naturalizamos. Con la certeza de que es nuestro derecho natural tener acceso doméstico a una cantidad de datos equivalente a un billón de bibliotecas de Alejandría, nos exasperamos cuando “anda lento” y nos indignamos hasta poder desquitarnos arruinando el espíritu del representante telefónico de nuestro humilde servidor de Internet. Nos convencemos diariamente de que merecemos el inmenso poder de su alcance por virtud de haber nacido en este periodo de la historia, suponiendo que esta ventaja sin precedentes fue pagada por las incomodidades de las generaciones pasadas, o sospechando livianamente que estamos acumulando una deuda de facilidad que las generaciones futuras tendrán que pagar con catástrofes ecológicas o sociales. Lo primero es ridículo. Lo segundo es probable, pero el sacrificio de nuestros biznietos no alcanza a cubrir el precio personal de tamañas ventajas personales. Hay una parte de nuestro cerebro amortiguando la importancia de una realidad inevitable: la inmediatez tiene consecuencias duras, y son inmediatas.
Los subtítulos en inglés están mal sincronizados. Voy a seguir buscando.

Hay dos motivos para conectarse a la Red: la información y la comunicación.
Por un lado tenemos a nuestra merced el acopio más monumental de conocimiento y arte humano, en expansión constante. El contenido que se suma es cada vez más fiel, elaborado y accesible, y con un poco de experiencia o algún conveniente amigo nerd, no es difícil saltar las pocas barreras que se ponen sobre este acceso. Frecuentamos las fuentes que nos tranquilizan: los mismos videos, la misma música, los mismos canales de noticias. Para cuando estas fuentes se agotan o deseamos algo nuevo, encontramos que el mismo sistema nos deja siempre a pocos clicks de distancia algo apropiado a nuestra tendencia, algo lo suficientemente distinto como para satisfacer nuestra pulsión epistemofílica, pero no tan distinto como para asustarnos. Haciendo la plancha en un océano inabarcable de información, vivimos con la atención acostumbrada al zapping de ventanas de explorador abarrotadas de productos culturales pensados para resistir al espectador segundo-a-segundo. Hay suficiente estímulo intelectual online como para saturar el tedio por mil vidas. Esto podría atrofiarnos la vital capacidad de aburrimiento, pero afortunadamente este acceso aparentemente ilimitado está acotado a nuestra voluntad de exploración, que tiende a ser conservadora, y todavía sabemos morirnos de embole con todo el mundo virtual a nuestra disposición. Y si en ese aburrimiento aparece una posibilidad de creación, encontraremos muchas herramientas de elaboración y difusión de nuestro contenido personal, y un público instantáneo para estimular las ganas de seguir aportando y goteando sobre el océano. No, no es de este aspecto de la Red que se desprende la mayor consecuencia de la inmediatez. Desde el punto de vista intelectual, parece que las ventajas de la accesibilidad superan las desventajas.
Existen muchas herramientas de comunicación entre individuos via Internet, y son muy eficaces: la información llega de un interlocutor a otro en forma escrita, auditiva y/o visual, y el receptor interpreta y responde, montando así un intercambio verbal prolijo, exento de los exabruptos emotivos propios de las conversaciones. Debería estar claro que agregarse, leerse y chatear es fundamentalmente distinto a conocerse. Quizás los “Términos y Licencias” de nuestras redes sociales lo advierten en algún punto, pero eso nadie lo sabrá nunca. El hecho de que Internet sea un medio desmesuradamente efectivo para aprender y compartir información nos hace confiar ciegamente en su efectividad para conectarnos personalmente. Con esta fe poco meditada construimos puentes virtuales entre personas que, cómplices, evitan pensar en la superficialidad del contacto y juegan juntos a creerlo real, como actores sobre un telón pintado. La masividad del medio refuerza las ventajas de la complicidad, y la confianza con la que llamamos a estas nuevas relaciones, que merecerían una categoría nueva, con los nombres de los vínculos más humanos. ¿Cuántos amigos tenés en tu red social de preferencia? Seguramente más de los que llamarías “amigos”. Seguramente los que llamarías así también son tus contactos en esa red social. Y si esas dos cosas son ciertas, sin duda la relación virtual, con su ilusión de cercanía, disminuyó la frecuencia con la que se encuentran en persona a ser amigos en 3d y seguir conociéndose. Pero las viejas amistades ya cultivadas resisten los períodos de superficialidad como robles fuertes. Esto no es aún lo que más me preocupa.
Los supuestos subtítulos en español son líneas de caracteres extraños. Creí que iba a entender los que están en italiano, pero no. Pienso en dejar esos y traducir cada línea a medida que sale. Demasiado esfuerzo para descifrar a Lemmy. Sigo buscando.

Lo que realmente me asusta es que la inmediatez esté diluyendo la pasión. Llamo pasión a la fuerza personal que rompe la inercia individual, violentando desde la quietud pasiva hasta la comodidad de lo preferible. Si esta búsqueda esencial se puede saciar a clicks, se disuelve antes de llegar a modificar la cotidianeidad, antes de que la ansiedad acumulada inspire un acto de locura hermosa. Y sin pasión, sólo quedan formas más o menos rentables de conformismo. Estar cómodo es una naturaleza mineral, reptiliana. Todo lo bello de ser humano es producto de las pasiones, y para que aparezcan hace falta una buena dosis de incertidumbre. Tiene que haber misterio, pausas, una oscuridad insondable para llenarla de potencialidad y arremeter.
El vínculo de dos personas con acceso a Internet carece de peligrosidad épica. El amor de Romeo y Julieta no se habría inmortalizado con la muerte si ella hubiera podido mandar un mail advirtiendo que el veneno que iba a tomar no era mortal. La odisea de Ulises habría sido más parecida a un crucero si la urgencia por llegar a Itaca se hubiera atenuado por charlas frecuentes con Penélope via Skype. Marcel Proust se habría ahorrado siete librotes de En busca del tiempo perdido, si hubiera tenido una biografía de Facebook bien documentada. Si Don Quijote hubiera podido darle un toque a Dulcinea del Toboso y ver su perfil, seguramente no habría sacado la lanza del astillero, con todo lo que eso implica. Los legendarios amores a primera vista, formados por la amalgama de un otro prometedor y una voluntad propia de sentirse encantado, son diezmados en cantidad y profundidad si tenemos acceso instantáneo a una descripción completa de los gustos, virtudes y defectos de ese otro. No hay tiempo para ilusionarse. Después de semejante shock informativo, sólo queda un interés casi periodístico por comprobar la veracidad de los datos que nos parecieron interesantes. No salimos a explorar fogosamente, si no a corroborar.
Este es nuestro sacrificio en el altar de la inmediatez. La pasión en tiempos de Internet, se cansa o se muere a alta velocidad.
Los subtítulos no aparecieron lo suficientemente rápido, la búsqueda se perdió en las arenas movedizas del explorador sobrecargado, y me distrajo Facebook, que me sugiere que le escriba a Juli en su cumpleaños. Agradezco la cortesía de los programadores, es una buena excusa para reflotar un contacto ahogado. Pero sigue habiendo silencio, y se me ocurre que mejor no.
Mejor imaginar un experimento. Imaginemos que apagamos computadoras y celulares un par de horas por día. Apagar, no alejarse y ver de reojo, no poner en modo Silencio y esperar la vibración como un roedor nervioso. Quizás a la mañana, contener las ganas de enchufarse a todo, por un rato. O llegar de trabajar y aplacarse en silencio, u olvidarse el teléfono en casa para slair con amigos o parejas. O desconectarse siempre en el mismo horario, como un pequeño shabbat diario.
Pero tenemos que empezar todos a la vez: si no logramos convertir el descanso offline en una institución de facto, el sistema de expectativas que nos rodea va a hacer que todos los descarriados individuales vuelvan a la matriz con la cola entre las patas.
Podemos ser los pioneros de una existencia un poco más equilibrada entre información y pasión. Sólo hace falta un saltito de fe para dar el primer paso, cambiar algo, hacer un click.
Vamos todos: uno, dos, uno, dos, tres.
Click.